jueves, 3 de noviembre de 2011

La Línea del Horizonte


Cuando era niño me encantaba sentarme en la playa en las interminables tardes mediterráneas y contemplar la línea del horizonte. Pensaba que al día siguiente nadaría hasta llegar a esa frontera que anunciaba un mundo misterioso, oculto y seguramente lleno de emociones y tesoros. Día tras día me levantaba con la secreta esperanza de tener la fuerza suficiente para nadar hasta mi paraíso perdido, pero nunca llegaba y más de una vez me costó algún susto al no tener fuerzas para regresar a la segura y cálida arena de la playa.

Creo que lo intenté cientos de veces y el resultado siempre fue el mismo, frustración por el fracaso de mi viaje y la eterna sensación de algo inacabado. Pero al llegar la tarde plena de luz dorada del Mediterráneo, tenía muy claro que la aventura era factible y solamente había fallado mi determinación, por lo que volvería a intentarlo una vez más. Esto continuó muchos años, hasta que comprendí que la línea del horizonte era cambiante y no se alcanzaba de cualquier manera. No es que abandonase la idea, simplemente cambié la estrategia.

Muchos años después, al dar la vuelta al Cabo de Hornos, supe que había llegado a la línea del horizonte. Creo que nadie de la tripulación del barco se percató del asunto, pero pude ver claramente en las cartas de navegación, que había llegado a la mítica línea y por fin llegaba al territorio virgen de mis sueños.

Busqué con la mirada tierras ignotas con seres extraños y portentosos paisajes, pero no aparecían. Miré al cielo por si las fantásticas ínsulas que imaginé estuvieran suspendidas e ingrávidas esperando que las descubriera, pero solamente había un cielo despejado y sin rastro de nada extraño. Me arrojé al agua tratando de localizar el paraíso submarino que seguro escondían las olas, pero a punto de estallar mis pulmones comprendí que no había nada allí.

Regresé a tierra y esta vez acongojado por el peso de la constatación de que mi querido horizonte no escondía nada de lo que esperaba desde mi niñez. La espera había sido muy larga y la decepción todavía más grande, pero lo peor de todo era la sensación de vacío que tenía.

He recorrido miles de millas náuticas desde aquel desgraciado momento y he visto cosas que están a caballo entre el mundo real y el de los sueños, pero nada comparable al cuadro que contemple en un tugurio de Belice. Representaba un inmenso océano con una nítida línea del horizonte que dejaba entrever una tierra nebulosa que me puso la carne de gallina. Aquella era la tierra inexplorada que buscaba desde siempre y que no encontraba desde nunca.

Intenté comprar el cuadro al mulato que regentaba el garito y no se venía a razones por más que le ofrecía, así que tuve que hacerme con la ayuda de mi amigo Queequeg que con sus grandes dotes de arponero le convenció para que aceptase mi dinero para no sufrir ningún quebranto en su salud. El lugareño me dijo que enloquecería por ese cuadro ya que jamás encontraría ese lugar que buscaba.

Ese cuadro cuelga hoy en la pared de mi casa y en mis interminables noches de insomnio, busco algún punto de referencia que me permita encontrar en los mapas que inundan mi mesa dónde está esa tierra huidiza que se me escapa entre los dedos como si fuera arena. Si encuentro ese punto mi maldición terminará. Estoy seguro.

Recuérdame soy alquibla el navegante.

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