jueves, 3 de noviembre de 2011

El Nilo Eterno


Navegar por el río Nilo a vela es la mejor lección de historia que uno puede recibir. No se trata ver monumentos si no de dejarse emborrachar por todas las sensaciones que te caen encima si te abandonas al noble arte de la navegación. Las orillas fértiles cargadas de vegetación y vida en ebullición parecen dibujadas por un ciclópeo pintor que quiere que destaquen sobre las cercanas dunas ocres y rojizas que se extienden hasta algún punto que es imposible alcanzar. Ver a las personas en la orillas tumbadas a la sombra de un precario toldo de hoja de palma con gesto indolente viendo pasar el curso del agua tan rápido como su vida y sus sueños, o a los búfalos de agua pastar en islotes cargados de hierba y plantas de decenas de especies, o a la garza posada en una roca mirándote con la suficiencia que da el poder pasarse hora tras hora en ese mismo punto contemplando el movimiento de los astros y de los peces, o a un grupo de niños jugando en el efímero campo de juegos que les regala el río cuando decrecen sus aguas y deja asomar una pequeña isla de limo oscuro y fértil, o cruzarse con ese bote cargado de redes enmarañadas en el que un pescador con más de 3.000 años a sus espaldas te saluda con el cansancio del portador de la historia de la Humanidad, todo esto lo recibes poco a poco pero sin pausa. Es como si estuvieras contemplando una lección de Historia Antigua en directo, de manera lenta pero continua, sin pausas y sin treguas. Se cortará cuando amarres tu barco en el próximo embarcadero y continuará en cuanto el viento vuelva a hinchar tu vela bizantina y te aventures en la orgía de sensaciones que el río te regala si te atreves a dejarte abrazar por sus aguas.

Cuantas más veces repitas la experiencia, más veces tendrás la sensación que los personajes cambian, el trozo de vida que contemplas también, pero hay algo común a todos los momentos vividos que siempre aparece. Es la sensación de ver pasar toda la historia del mundo delante de ti, reflejada en personas, animales, plantas o cosas que te transmiten más que cualquier palabra que pudiéramos emitir. No hay sensaciones tan buenas como esa que tienes cuando te dejas arrastrar por la laxitud espiritual con la que te emponzoña mi querido río.

Todo fluye y nada queda, pero el fugaz momento en el que vivimos el encuentro con algo que nos parece durará toda la vida es tan agradable que merece la pena vivirlo u olvidarlo como si hubiera ocupado toda nuestra vida. Somos pobres seres orgánicos alimentados de sensaciones que tienen efímera duración pero que en nuestra escala temporal nos parecen duraderas, pero no son más que las escenas que contemplamos desde nuestra faluqua surcando el Nilo sin prisa, sin destino ni fin solamente dejando que curso del río eterno nos lleve a donde quiera. No hay nada mejor para esperar ese fin que nunca llega y me saque de esta eterna maldición.

No lo olvides soy alquibla el navegante, el que sabe el camino de regreso a casa aunque nunca quiera regresar.

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